Todo es mejor

Me paro a pensar y todo es mejor. Antes, cuando hacía eso, pararme a pensar, me acojonaba, me daba todo vueltas y un vértigo tremendo. Eso es lo de menos. Lo peor de todo era que muchas veces no tenía ganas de seguir, no encontraba la manera de volver a mí, ni siquiera sabía cómo seguía vivo. Respiraba porque es algo que no se olvida, y la mala memoria de esos días, meses, no me jugó una mala pasada.

Todo es mejor. Después de mucho tiempo me siento yo, puedo decir que he vuelto, que estoy aquí y que no me quiero ir. Puede que muchos piensen que estoy equivocado, que he fallado a muchas personas, que no me reconocen. Es probable, cada uno tiene su visión de las cosas, cada uno se forma su opinión con la información que tiene (información, claro está, que nunca es total.) Luego están las manías de cada cual, pero quién soy yo para hacer cambiar a nadie, ni de opinión ni de nada. Me conformo con que no intenten hacerlo conmigo. Todo es mejor, como decía. Me siento vivo, tengo ganas de vivir, estoy menos roto o con los trozos mejor pegados. Dentro de mí ya no anidan pensamientos negativos sobre mi persona, o ya casi no hay. Siempre queda algo, pero ese algo es casi mudo y yo estoy casi sordo. Todo es mejor, pues no hay miedo. No hay miedo a estar enamorado, no hay miedo a querer a la persona que tengo al lado y me hace y sé que le hago feliz. No hay miedo al futuro, o sí, pero afrontándolo con un par de huevos, ya me disculparéis. Sobre todo, no tengo miedo de mí, no tengo miedo a lastimar a quien quiero; equivocado o no, siempre he hecho las cosas como mejor he podido, sin querer dañar a nadie, simplemente intentando ser feliz (que no es poco.) 

Ser feliz, qué cosa. Hablaba el otro día con alguien a quien casi perdí por mi culpa, por la suya y por otros que ni siquiera merecen que se les nombre, sobre la felicidad. No sacamos nada en claro, por supuesto, y menos en las condiciones que nos encontrábamos. Pero sí una cosa: somos felices, nos sentimos bien. Me di cuenta de que lo soy. Y lo mejor de todo, me decía volviendo a casa en un estado lamentable, es que no me cuesta decirlo, no me siento culpable por serlo. Es una sensación, sentirse culpable, que te hace trizas, te rebaja al infierno en vida, te sientes miserable. 

He dejado atrás muchas cosas malas. La depresión, desde luego (aunque siempre aceche, quien ha pasado por ahí sabe que nunca se va del todo), la ansiedad, los pensamientos negativos y los pensamientos aún peores, gente que te parasita en prácticamente todos los sentidos… Han sido más de dos años de batallas a priori perdidas, y sin embargo las he ganado. Las hemos ganado, pues tampoco lo he hecho yo solo. 

Gracias, Míriam, pues ahora todo es mejor. 

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Good times, bad times

Llevo demasiado tiempo sin escribir nada por aquí. No es culpa de que sea feliz, que también, lo que hace que no escriba. Este blog ha sido una escupidera, una letrina donde iba a parar lo peor de mí; también lo mejor que podía enseñaros en ciertos momentos. No, ser feliz no me frena a la hora de escribir, no soy un artista maldito que necesita de la idea romántica del dolor, el sufrimiento y la muerte para plasmar algo en el papel o en un lienzo. No soy siquiera un artista. Soy un ser humano roto, como tú y como ese otro: no te creas especial, no inventaste nada. Nadie está sano por completo, es algo que he aprendido estos años. La diferencia es que yo me he dado cuenta y tú no, y he trabajado mucho para curarme. Esto no me hace mejor, pero indudablemente no me hace peor.

Llevo demasiado tiempo sin escribir por aquí. Lo poco que escribo se guarda durante un tiempo y al poco se escurre, se olvida, pierde el sentido que tuvo en el momento de ser escrito. Ha habido demasiado dolor, demasiadas ganas de quitarme de en medio literal y figuradamente. Me aparté, no quise compartir el sufrimiento, no quise intoxicar a nadie. Hubo quien lo comprendió, los menos; hubo quien me exigió estar cuando ni siquiera sabía quién era yo, simplemente para poder darse un golpe en el pecho; hubo quien dejó su mano para cuando yo quisiera cogerla, sin pedir nada a cambio. Todo lo escrito antes, durante y el después inmediato de entonces, nada vale ya. Miento: sirve para recordarme de dónde vengo. Pero sirve para mí, para no volver, y para nadie más.

Soy de la opinión de que las cosas que se comparten se multiplican, aunque parezca extraño. No siempre se cumple, desde luego, pero es norma general que, cuando estás mal, puedes llegar a contagiar al de al lado, al de enfrente. A mí me ha pasado, he sido una mala compañía, no hace falta que nadie me lo diga veladamente. Probablemente, en ese momento no aportaba nada. Pero también pasa en el sentido opuesto: cuando estás bien, quieres contagiar al de al lado, al de enfrente. Y precisamente ahí, cuando quieres compartir tu felicidad para hacer partícipe a los que quieres, cuando ves la luz después de tanto tiempo desorientado en el túnel, es cuando te das de bruces con la realidad. Hay mucha, demasiada gente que no se alegra de lo bueno, la felicidad ajena le empequeñece, le vuelve insignificante. Y no, esto ya no es envidia ni mala fe, ése sería el discurso fácil. Hay personas que necesitan del dolor ajeno para ser importantes, para ser imprescindibles. Quieren liderar y sentirse fuertes, pero la felicidad anula por completo sus planes. Se sienten indefensos al ver que no pueden defender su causa, que lo oscuro se torna luminoso; que su papel, finalmente, es papel mojado. Qué difícil debe ser no sentirse protagonista, ¿verdad?

Siempre se ha dicho que en los momentos malos es cuando de verdad tienes al lado a la gente que te quiere. Sí, están, pero también las aves carroñeras que se alimentan de la desgracia para sobrevivir. Sólo hay que ir a un tanatorio para comprobarlo. Por lo tanto, permitidme que haga una acotación: es en los momentos buenos cuando sólo están los que de verdad te quieren. Los buitres ya han huido para entonces.

Puede parecer una cursilada, pero pocas cosas hay más fuertes que el amor y la felicidad. Tal vez el odio, pero eso es para los mediocres.

El banco del parque

Los parques gemelos, “el primero” y “el segundo”, permanecen impasibles al paso del tiempo. No es fácil aguantar cuatro décadas al pie del cañón en un barrio periférico de una ciudad que vivió de espaldas al mar hasta que vio negocio en la explotación del litoral, cómo no, a través de la construcción y la hostelería. Tienen casi cuarenta años y han visto de todo, más de lo que muchas personas verían o querrían ver a lo largo de su vida, personas que, de la mano de esos parques, han ido creciendo y envejeciendo sin apenas darse cuenta.

Que no se den cuenta de su propio envejecimiento no quiere decir que sean ajenos a todo lo que pasa alrededor. Lo malo es que a su alrededor no pasa nada. Pasa el tiempo, claro, y pasa gente conocida, gente que no lo es, gente que está de paso y gente que es como de la familia. De hecho, los lazos que se crean después de tantas horas, de tantos días y años, hacen que los que allí se sientan en sus bancos se llamen no pocas veces “primo” entre ellos. Al fin y al cabo, han crecido juntos, desde que daban patadas a un balón Tango del 82 hasta hace dos días, dando una patada a una lata de cerveza y escondiendo bajo la arena con el otro pie la “chusta” de un porro compartido. Ahí los tienes, a los de siempre, a los que con idas y venidas, con malos y buenos tiempos, siempre han estado ahí. Los que jugaron en sus columpios, los que huyeron de algún que otro yonki que luego apareció muerto tras los arbustos, los que tuvieron la primera historia de amor en esos bancos, los que hoy siguen sentados en ellos esperando una llamada para pintar un piso o hacer una reforma si al jefe de la cuadrilla le hace falta una mano. No es que el banco de ese parque sea su sitio, es que no les han dejado otro donde asentarse. No es fácil salir del barrio, cascarse doce horas diarias de curro, anhelar todo lo que ves que con tus propias manos estás haciendo y no vas a conseguir y tener que volver al único sitio en el que, con un poco de suerte, te vas a sentir en casa.

Muchos de los que ocupan esos bancos de los parques se ríen, por no llorar, de esos discursos del querer es poder, hay que moverse para alcanzar tus sueños y demás frases pseudofilosóficas. Ellos han querido formar parte de una sociedad que les vuelve la cara; se han movido, y no poco, para tener una oportunidad con la que poder sentirse útiles a una ciudad que cada vez sienten menos suya. ¿Orgullo de barrio? Puede ser, pues ¿acaso les queda mucho más? A nadie le gusta vivir en la mierda, no nos equivoquemos. A esta gente del banco le gusta sentarse en él y que esté limpio, que el parque no huela a orines y mierda de perro, que las calles estén limpias porque el ayuntamiento hace su trabajo y no es el vecino el que llama quejándose de que no recogen la basura desde hace tres días. También les gustaría poder acceder a una biblioteca y no tener que ir a la del barrio de al lado, a más de dos kilómetros, por mucho que haya un flamante carril bici nuevo. Les encanta que haya un paseo marítimo, que desde hace unos años haya un polideportivo municipal y no tener que saltar la valla del colegio o el instituto para poder jugar con sus amigos a fútbol o baloncesto sin preocuparse de molestar a sus vecinos. Les gusta, en definitiva, sentirse parte de algo y que ese algo les acoja.

Pero ese algo es hostil cuando no hay dinero, cuando no tienes trabajo, cuando todo lo que oyes de quien debiera representarte te suena a chino (que me perdone la comunidad asiática), cuando al salir del barrio te sientes extraño, cuando ves que por mucho que haya cambiado el color del ayuntamiento, el olor es el mismo. No deja de ser curioso que la manida frase de la derecha valenciana “Rita está dejando la ciudad muy bonita” la hayamos adoptado desde la izquierda con el retoque del carril bici y la ciudad sostenible. Sí, Valencia puede estar más bonita y limpia (de hecho, trabajo en el centro y me lo parece), pero vuelvo al barrio, me siento en el banco y veo que allí poco o nada ha cambiado. Y los de los bancos aledaños dicen lo mismo. Y los del barrio vecino, que están teniendo que salir de allí porque están dejando todo tan bonito y tan bien que ni un piso de 40 metros pueden pagarse.

Quien crea que a la clase obrera, a la clase de los parques y jardines y bancos de madera con cuarenta años de edad nos molesta el carril bici o el huerto urbano de dos calles más allá, es que no ha entendido nada. Nos encanta una ciudad sostenible, no respirar mierda, andar sin tener que sortear basura… Pero anhelamos oportunidades, queremos poder vivir sin el sobresalto ni la incertidumbre, poder trabajar: nos gusta tener un techo y poder comer, eso es lo que más nos gusta, por extraño que parezca. De nada nos sirve que nos traigan flores, que lo dejen todo como una patena, que suene música de Bach, cuando lo que se está celebrando es nuestro entierro. No queremos un ataúd de 3.000 pavos, queremos no estar dentro.

Cuestión de prioridades, supongo.

Carta a mí mismo

Me llamo Daniel. Mi nombre es hebreo y significa “sólo Dios puede juzgarte.” Pese a mi ateísmo, siempre he llevado esa máxima en mi cabeza. Sólo Dios… ¿En serio? Bien sabemos que no, que estamos (tú, yo, todos) bajo la lupa escrutadora del juicio de los demás. No voy a ser tan cínico de decir que jamás he juzgado a nadie por su comportamiento, por sus ideas o porque sí (manías personales tenemos todos y nadie se salva de la quema). Eso no quita que haga ya mucho tiempo que intento no hacerlo, que no lo hago, que me ponga en el lugar del otro, que tenga empatía. La tengo y mucha. No son pocas las veces que me han dicho que quizá me pase de empático, que hago míos los problemas de los demás, que me preocupo en exceso y que siempre encuentro la manera de excusar y comprender a alguien, aunque ese alguien esté haciendo oposiciones a hacerme daño. Siempre quiero creer que la gente no tiene maldad; lo creo, pienso que hay factores externos que lo empujan a hacer ciertas cosas, que la gente no es mala de por sí, que son las circunstancias de cada cual y el contexto donde se desarrollan lo que hace que haya determinados comportamientos.

No entiendo muchas cosas del comportamiento humano. Puedo entender la rabia, la desolación, la tristeza, el miedo. Las puedo entender porque las he vivido, las sigo viviendo. Pero cuando el amor o el cariño o la fraternidad están de por medio, no consigo alcanzar el entendimiento de sentimientos como la envidia o los celos. Nunca he sentido eso y menos hacia personas a las que quiero. Envidia y celos tal vez sean la misma cosa; de lo que estoy seguro es que van de la mano. No puedo entender la envidia de alguien hacia otra persona cuando las cosas le van bien, cuando consigue un buen trabajo, cuando es feliz, cuando es correspondido en el amor, qué sé yo. No puedo por menos que alegrarme por esa persona y entristecerme cuando es al contrario. ¿Celos, envidia? Por favor. Quién sabe, quizás tenga suerte por no experimentar esos sentimientos. O mala suerte, pues posiblemente me pierda una sensación inigualable que sólo experimentamos los humanos y yo estoy incompleto en cuanto a humanidad.

“Sólo Dios puede juzgarme.” Sabemos que no es verdad, que es inevitable que la gente nos juzgue, que se viertan opiniones sobre nuestras vidas, que, hagamos lo que hagamos, lo estaremos haciendo mal. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta tolerarlo. No puedo hacerlo, en determinados temas no lo voy a hacer. No puedo tolerar que se dude de mí en ciertos aspectos: en lo mal que lo he pasado (y sigo pasándolo aunque no lo parezca) debido a mis episodios depresivos; en mis trastornos (mentales, ciclotímicos, del sueño); en mis encierros en mí mismo, en mi refugio de casa, en no hablar porque no es que no quiera, es que no puedo; en mi fobia social, mi TOC o mis rarezas. No voy a permitir eso, pero tampoco que se dude de mis sentimientos, los malos y los buenos. Sobre todo, de los buenos. Comienzo a estar bien de nuevo, a tener una parcelita de buen humor y optimismo, a ser, dentro de lo que cabe y en la medida de mis posibilidades viniendo de donde vengo, feliz. No voy a permitir que se dude de eso, a renunciar a esa porción de felicidad que tanto me ha costado encontrar, a ser como soy pese a que a mucha gente le parezca extraño y pueda estar en mi contra. No puedo, de verdad que no puedo tolerar que se dude de que las cosas que hago las hago desde el corazón y sin desear el mal a nadie. Sólo espero que nadie me desee el mal a mí.

Ya me he sentido culpable durante mucho tiempo por cosas que nada tenían que ver conmigo. No pienso volver a caer en ese pozo, eso se lo dejo a los que de verdad son culpables de sus males. Soy responsable de mi vida, como vosotros de la vuestra. No me voy a sentir culpable por ser feliz. Ya lo hice una vez y fue de las peores cosas que he vivido nunca.

Sirva esta carta como recordatorio.

La última

La última y nos vamos

nunca es verdad.

No es verdad con la cerveza,

no lo es con las rayas sobre la cartera,

no lo es con esa canción que te lleva

a la casilla de salida.

No lo son las pastillas para dormir,

no lo es la paja de madrugada,

nunca es el no lo volveré a hacer

ni lo serán las palabras de quien esto escribe.

Hay cosas que si no se dicen no existen.

Hay mentiras que han de decirse

para seguir con tu existencia.

Tic-tac

Una, dos, tres y media.

Vuelta, vueltas, otra más.

Mis sábanas sudan

y el colchón me repele.

Soy alérgico al sueño, adicto

sin remedio al sobresalto

de madrugada.

Le cojo gusto al susto

a la taquicardia rebajada

con nicotina, al agua en la cara

al perlado de mi pecho

y al café de las cinco.

Ya no odio al camión de la basura

ni a la persiana del panadero,

tampoco al pájaro del vecino

ni al lamento del borracho.

Todos anuncian el fin de una noche más

el comienzo de un día menos.

Quizás,

brillante sol tras la cortina bailarina,

el último.

Soy

Piel

seca y que se arruga

huesos

que duelen porque sí.

Pelo,

pero menos cada día.

Eso soy, pero también

sangre turbia y manchada

de vicio e insomnio inducido,

de efluvios y fluidos, melodías y ritmo

como una canción de rocanrol.

También soy lágrimas

que caen de vez en cuando

las que no dejo que nadie vea, pero

sobre todo:

las invisibles, las que me trago a diario

las que me ahogan si suben

y me matan si salen; las que gritan, sordas

silenciosas, quizá como ese árbol

que cae en el bosque y nadie oye.

Soy tinta y papeles arrugados

soy las palabras dichas a destiempo

soy el quiero y no puedo

soy el pude y me salió mal.

Soy dudas, soy ira.

Soy recuerdos y decepciones

soy el futuro hecho añicos

y un presente derrotado.

Soy polvo y restos

de sueños rotos

que cortan como el cristal