El banco del parque

Los parques gemelos, “el primero” y “el segundo”, permanecen impasibles al paso del tiempo. No es fácil aguantar cuatro décadas al pie del cañón en un barrio periférico de una ciudad que vivió de espaldas al mar hasta que vio negocio en la explotación del litoral, cómo no, a través de la construcción y la hostelería. Tienen casi cuarenta años y han visto de todo, más de lo que muchas personas verían o querrían ver a lo largo de su vida, personas que, de la mano de esos parques, han ido creciendo y envejeciendo sin apenas darse cuenta.

Que no se den cuenta de su propio envejecimiento no quiere decir que sean ajenos a todo lo que pasa alrededor. Lo malo es que a su alrededor no pasa nada. Pasa el tiempo, claro, y pasa gente conocida, gente que no lo es, gente que está de paso y gente que es como de la familia. De hecho, los lazos que se crean después de tantas horas, de tantos días y años, hacen que los que allí se sientan en sus bancos se llamen no pocas veces “primo” entre ellos. Al fin y al cabo, han crecido juntos, desde que daban patadas a un balón Tango del 82 hasta hace dos días, dando una patada a una lata de cerveza y escondiendo bajo la arena con el otro pie la “chusta” de un porro compartido. Ahí los tienes, a los de siempre, a los que con idas y venidas, con malos y buenos tiempos, siempre han estado ahí. Los que jugaron en sus columpios, los que huyeron de algún que otro yonki que luego apareció muerto tras los arbustos, los que tuvieron la primera historia de amor en esos bancos, los que hoy siguen sentados en ellos esperando una llamada para pintar un piso o hacer una reforma si al jefe de la cuadrilla le hace falta una mano. No es que el banco de ese parque sea su sitio, es que no les han dejado otro donde asentarse. No es fácil salir del barrio, cascarse doce horas diarias de curro, anhelar todo lo que ves que con tus propias manos estás haciendo y no vas a conseguir y tener que volver al único sitio en el que, con un poco de suerte, te vas a sentir en casa.

Muchos de los que ocupan esos bancos de los parques se ríen, por no llorar, de esos discursos del querer es poder, hay que moverse para alcanzar tus sueños y demás frases pseudofilosóficas. Ellos han querido formar parte de una sociedad que les vuelve la cara; se han movido, y no poco, para tener una oportunidad con la que poder sentirse útiles a una ciudad que cada vez sienten menos suya. ¿Orgullo de barrio? Puede ser, pues ¿acaso les queda mucho más? A nadie le gusta vivir en la mierda, no nos equivoquemos. A esta gente del banco le gusta sentarse en él y que esté limpio, que el parque no huela a orines y mierda de perro, que las calles estén limpias porque el ayuntamiento hace su trabajo y no es el vecino el que llama quejándose de que no recogen la basura desde hace tres días. También les gustaría poder acceder a una biblioteca y no tener que ir a la del barrio de al lado, a más de dos kilómetros, por mucho que haya un flamante carril bici nuevo. Les encanta que haya un paseo marítimo, que desde hace unos años haya un polideportivo municipal y no tener que saltar la valla del colegio o el instituto para poder jugar con sus amigos a fútbol o baloncesto sin preocuparse de molestar a sus vecinos. Les gusta, en definitiva, sentirse parte de algo y que ese algo les acoja.

Pero ese algo es hostil cuando no hay dinero, cuando no tienes trabajo, cuando todo lo que oyes de quien debiera representarte te suena a chino (que me perdone la comunidad asiática), cuando al salir del barrio te sientes extraño, cuando ves que por mucho que haya cambiado el color del ayuntamiento, el olor es el mismo. No deja de ser curioso que la manida frase de la derecha valenciana “Rita está dejando la ciudad muy bonita” la hayamos adoptado desde la izquierda con el retoque del carril bici y la ciudad sostenible. Sí, Valencia puede estar más bonita y limpia (de hecho, trabajo en el centro y me lo parece), pero vuelvo al barrio, me siento en el banco y veo que allí poco o nada ha cambiado. Y los de los bancos aledaños dicen lo mismo. Y los del barrio vecino, que están teniendo que salir de allí porque están dejando todo tan bonito y tan bien que ni un piso de 40 metros pueden pagarse.

Quien crea que a la clase obrera, a la clase de los parques y jardines y bancos de madera con cuarenta años de edad nos molesta el carril bici o el huerto urbano de dos calles más allá, es que no ha entendido nada. Nos encanta una ciudad sostenible, no respirar mierda, andar sin tener que sortear basura… Pero anhelamos oportunidades, queremos poder vivir sin el sobresalto ni la incertidumbre, poder trabajar: nos gusta tener un techo y poder comer, eso es lo que más nos gusta, por extraño que parezca. De nada nos sirve que nos traigan flores, que lo dejen todo como una patena, que suene música de Bach, cuando lo que se está celebrando es nuestro entierro. No queremos un ataúd de 3.000 pavos, queremos no estar dentro.

Cuestión de prioridades, supongo.

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Carta a mí mismo

Me llamo Daniel. Mi nombre es hebreo y significa “sólo Dios puede juzgarte.” Pese a mi ateísmo, siempre he llevado esa máxima en mi cabeza. Sólo Dios… ¿En serio? Bien sabemos que no, que estamos (tú, yo, todos) bajo la lupa escrutadora del juicio de los demás. No voy a ser tan cínico de decir que jamás he juzgado a nadie por su comportamiento, por sus ideas o porque sí (manías personales tenemos todos y nadie se salva de la quema). Eso no quita que haga ya mucho tiempo que intento no hacerlo, que no lo hago, que me ponga en el lugar del otro, que tenga empatía. La tengo y mucha. No son pocas las veces que me han dicho que quizá me pase de empático, que hago míos los problemas de los demás, que me preocupo en exceso y que siempre encuentro la manera de excusar y comprender a alguien, aunque ese alguien esté haciendo oposiciones a hacerme daño. Siempre quiero creer que la gente no tiene maldad; lo creo, pienso que hay factores externos que lo empujan a hacer ciertas cosas, que la gente no es mala de por sí, que son las circunstancias de cada cual y el contexto donde se desarrollan lo que hace que haya determinados comportamientos.

No entiendo muchas cosas del comportamiento humano. Puedo entender la rabia, la desolación, la tristeza, el miedo. Las puedo entender porque las he vivido, las sigo viviendo. Pero cuando el amor o el cariño o la fraternidad están de por medio, no consigo alcanzar el entendimiento de sentimientos como la envidia o los celos. Nunca he sentido eso y menos hacia personas a las que quiero. Envidia y celos tal vez sean la misma cosa; de lo que estoy seguro es que van de la mano. No puedo entender la envidia de alguien hacia otra persona cuando las cosas le van bien, cuando consigue un buen trabajo, cuando es feliz, cuando es correspondido en el amor, qué sé yo. No puedo por menos que alegrarme por esa persona y entristecerme cuando es al contrario. ¿Celos, envidia? Por favor. Quién sabe, quizás tenga suerte por no experimentar esos sentimientos. O mala suerte, pues posiblemente me pierda una sensación inigualable que sólo experimentamos los humanos y yo estoy incompleto en cuanto a humanidad.

“Sólo Dios puede juzgarme.” Sabemos que no es verdad, que es inevitable que la gente nos juzgue, que se viertan opiniones sobre nuestras vidas, que, hagamos lo que hagamos, lo estaremos haciendo mal. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta tolerarlo. No puedo hacerlo, en determinados temas no lo voy a hacer. No puedo tolerar que se dude de mí en ciertos aspectos: en lo mal que lo he pasado (y sigo pasándolo aunque no lo parezca) debido a mis episodios depresivos; en mis trastornos (mentales, ciclotímicos, del sueño); en mis encierros en mí mismo, en mi refugio de casa, en no hablar porque no es que no quiera, es que no puedo; en mi fobia social, mi TOC o mis rarezas. No voy a permitir eso, pero tampoco que se dude de mis sentimientos, los malos y los buenos. Sobre todo, de los buenos. Comienzo a estar bien de nuevo, a tener una parcelita de buen humor y optimismo, a ser, dentro de lo que cabe y en la medida de mis posibilidades viniendo de donde vengo, feliz. No voy a permitir que se dude de eso, a renunciar a esa porción de felicidad que tanto me ha costado encontrar, a ser como soy pese a que a mucha gente le parezca extraño y pueda estar en mi contra. No puedo, de verdad que no puedo tolerar que se dude de que las cosas que hago las hago desde el corazón y sin desear el mal a nadie. Sólo espero que nadie me desee el mal a mí.

Ya me he sentido culpable durante mucho tiempo por cosas que nada tenían que ver conmigo. No pienso volver a caer en ese pozo, eso se lo dejo a los que de verdad son culpables de sus males. Soy responsable de mi vida, como vosotros de la vuestra. No me voy a sentir culpable por ser feliz. Ya lo hice una vez y fue de las peores cosas que he vivido nunca.

Sirva esta carta como recordatorio.

La última

La última y nos vamos

nunca es verdad.

No es verdad con la cerveza,

no lo es con las rayas sobre la cartera,

no lo es con esa canción que te lleva

a la casilla de salida.

No lo son las pastillas para dormir,

no lo es la paja de madrugada,

nunca es el no lo volveré a hacer

ni lo serán las palabras de quien esto escribe.

Hay cosas que si no se dicen no existen.

Hay mentiras que han de decirse

para seguir con tu existencia.

Tic-tac

Una, dos, tres y media.

Vuelta, vueltas, otra más.

Mis sábanas sudan

y el colchón me repele.

Soy alérgico al sueño, adicto

sin remedio al sobresalto

de madrugada.

Le cojo gusto al susto

a la taquicardia rebajada

con nicotina, al agua en la cara

al perlado de mi pecho

y al café de las cinco.

Ya no odio al camión de la basura

ni a la persiana del panadero,

tampoco al pájaro del vecino

ni al lamento del borracho.

Todos anuncian el fin de una noche más

el comienzo de un día menos.

Quizás,

brillante sol tras la cortina bailarina,

el último.

Soy

Piel

seca y que se arruga

huesos

que duelen porque sí.

Pelo,

pero menos cada día.

Eso soy, pero también

sangre turbia y manchada

de vicio e insomnio inducido,

de efluvios y fluidos, melodías y ritmo

como una canción de rocanrol.

También soy lágrimas

que caen de vez en cuando

las que no dejo que nadie vea, pero

sobre todo:

las invisibles, las que me trago a diario

las que me ahogan si suben

y me matan si salen; las que gritan, sordas

silenciosas, quizá como ese árbol

que cae en el bosque y nadie oye.

Soy tinta y papeles arrugados

soy las palabras dichas a destiempo

soy el quiero y no puedo

soy el pude y me salió mal.

Soy dudas, soy ira.

Soy recuerdos y decepciones

soy el futuro hecho añicos

y un presente derrotado.

Soy polvo y restos

de sueños rotos

que cortan como el cristal

Mentirnos

Nunca mentimos mejor que cuando nos mentimos a nosotros mismos. It, Stephen King.

Es algo que he aprendido poco a poco durante esta vida, aunque en estos últimos meses he hecho un cursillo acelerado e intensivo. Lo he visto en los demás y también en mí mismo. He visto cómo me mentía, cómo lo hacían conmigo y cómo yo también lo he hecho con los demás. Las mentiras ajenas que descubres después dan un poco igual, o no, pero no dependen de ti; las que te haces a ti mismo sin pretenderlo, o sí, ya no tanto. Pero todo sirve en esta vida. Mentirse no es agradable, pero a veces es necesario. O no, no lo sé. Hablo por mí. Quizá sí lo sea, necesario para seguir adelante un rato, para escapar un poco de tu realidad cotidiana, para verte desde otro punto, enfrentado a un espejo deformante. Sí, a mí me ha servido para bajar a unos cuantos infiernos y descubrirme, verme como a un extraño y conocerme mejor. Para aceptarme, en definitiva.

La mentira no es agradable, qué duda cabe. Pero, repito, es necesaria. Para mí lo es. Una amiga kantiana no estará de acuerdo con esta afirmación y no seré yo quien le lleve la contraria; supongo que estará en lo cierto. Pero creo que es necesario, en ocasiones, huir de la sinceridad propia y ajena, mitigar un poco el dolor de la verdad, meterte en una burbuja y al menos respirar aunque sea aire viciado. Yo no lo llamaría mentir, o no del todo; más bien sería ocultar la verdad. Ya, quien calla, otorga y todo eso, pero el refranero no siempre tiene razón. Yo callo mucho, cada vez menos, y sé que los demás también callan conmigo. En ningún caso lo llamaría cobardía, diría que es no añadir más daño del inevitable. No sé si el tiempo lo cura todo, pero sí creo que se necesita tiempo para asimilar algunas certezas. Es decir: mejor saber ciertas cosas en pequeñas píldoras de realidad que tomarte el bote entero y correr el riesgo de sobredosis.

Aceptarnos. Qué fácil es decirlo y qué complicado hacerlo. Hoy he salido de mi visita al psiquiatra muy contento. Hacía meses que no me sentía así. Sé que los medicamentos ayudan, todos los antidepresivos y tranquilizantes han hecho su efecto (¡me han quitado dos pastillas y rebajado una!), pero sin trabajo propio esto hubiese sido imposible. Aquí entra la mentira o la ocultación de la verdad. Echo la vista atrás y sé que no hubiese podido seguir adelante y llegar hasta aquí sin mentirme. Todo lo que he descubierto sobre mí, todas las conclusiones a las que he llegado, todas las certezas que tenía y no eran tales… Todo eso me hubiera abrumado, hundido más todavía, si no hubiese hecho el ejercicio de ocultarme la verdad. Demasiado doloroso saber tanto de mí en tan poco tiempo, darme cuenta de que la aceptación requiere de su tiempo y cada persona necesita del suyo propio. A mí me ha costado mucho, quizás a otros les cueste menos, a otros más. Soy así y sé que no voy a cambiar, simplemente me he aceptado y sé que he dado el primer paso para vivir. Es ahí cuando uno se da cuenta de que la vida es solo una, que la vives tú y nadie más, que las decisiones las toma uno mismo y que hay cosas que se escapan a tu control. Aprendí a relativizar, a saber que lo que no está en mi mano no puede ser sinónimo de angustia y que en determinados momentos no actúas por egoísmo, como muchos se empeñan en pensar, sino por supervivencia. Y, sobre todo, sé que lo que decía siempre (y sigo diciendo) es que la gente no cambia, simplemente disimula (miente) mejor.

No tengo nada claro si esto se ha entendido, pero os aseguro que no he mentido en nada.

Gris

El día se torna gris

y sofocante con un gesto

una palabra o un silencio.

El mío, el de siempre,

quietud que sólo rompe

un corazón acelerado

un tambor destensado

músculo desobediente que se niega

a oír siquiera mi grito de socorro.

Respiro y trago

a duras penas penas duras

como rocas, silentes y grises

como el día, día a día.